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24 mayo Capítulo XV: ¡ Siempre toca, siempre toca: sino un pito, una pelota!2 meses. Im-per-do-na-ble. ¿Pero que es ésta desfachatez por mi parte?. He tardado casi sesenta días en postear de nuevo... ¿vagancia? ¿exámenes? ¿vida social?... pues si, un poco de ésto y algo más, me han apartado temporalmente del blog. Pero he vuelto (de nuevo).
El tema de hoy ha salido de la nada, casi por casualidad, (agradezco infinítamente la colaboración desinteresada de Sherpa: va por tí) pero... ¡joder, qué montón de recuerdos han florecido en un momento!. Señoras, señores... ¡bienvenidos a la feria!.
Cabe destacar, en primer lugar, lo delicada-graciosamente mal organizada que está una feria: nunca, jamás, visité una feria situada en un hermoso prado de hierba por el cuál triscar como cabras, ¡no!, siempre están ubicadas en una extensión inmensa de arena polvorienta y/o cemento, lo cuál provocaba infinidad de broncas y discusiones con nuestras respectivas madres por llegar con la ropa hecha unos zorros...
La primera impresión, cuando uno visitaba la feria en temprana edad, era la de un majestuoso carrusel de luces, atracciones, sonidos ensordecedores y colores que despertaban los instintos más devastadores para la economía familiar: gastar, gastar, gastar...
Repasemos (y ya pido perdón por adelantado al gremio de feriantes): uno llegaba emocionado a la feria, con 500 pesetas (sí, sí, hubo una moneda antes que el p... euro), y se dirigía raudo y veloz a la primera caseta libre de tiro con escopeta. Craso error. 100 pelas, 3 tiros. Los muñecos colgados te miraban: "vas a fallar, vas a fallar", la gente se agolpaba a tu alrededor esperando tu fracaso mientras te daban ánimos, empuñabas la escopeta bajo el brazo cuál cazador en una batida en busca de zorros, apretabas el gatillo y los dientes a la vez... y... fallabas. "¡Ha sido el viento!". Y unos huevos... entre el tembleque de tu brazo, lo pequeño de la diana, y lo torcido del cañon de la escopeta eras incapaz de acertar a un elefante.
Vale, te quedaban 400 pesetas... vamos a por otras 100: la pinza de la desesperación. Sí, ése gancho que se alojaba tétricamente en una urna de plástico transparente, con cientos de muñequitos en el fondo riéndose a tu costa. Allá va: musiquita de fondo, temporizador de cuenta atrás, y un sudor frío recorríendote la espalda mientras la garra descendía, amenazante, sobre tu objetivo. ¡Meeeec!. Agua. No has pillado nada. Cara de tonto. Patada a la máquina. Mirada asesina al feriante. "Pedazo de cabr...". (Leyenda urbana by Sherpa: el feriante puede graduar lo fuerte que puede agarrar la pinza. Maquiavélico)
![]() "Nos engañan cómo a chinos"
300 pesetas. Un mundo todavía. Y con más moral que el Alcoyano... pero que ibas a perder de inmediato: las anillas en las botellas. 7 anillas por 20 duros, muchas oportunidades... ¿no?. De la primera a la cuarta, fallo seguro: "es para coger la distancia". La quinta y la sexta: "ya me estoy acercando"... la respiración se aceleraba, el pulso tambien, y lanzabas la séptima y última anilla, y ¡entraba en la botella!... pero se quedaba torcida en el cuello... "no puede ser, no puede ser". Más cara de tonto. Más "asesinatos" a feriantes.
Andabas abatido, arrastrando los pies por la arena de la feria, cabizbajo, tratando de responder a las miles de preguntadas que te asaltaban en referencia a ti y a tu mala suerte. Decidías dejar el azar y con el dinero que te quedaba en el bolsillo te acercabas a uno de los tenderetes más curiosos: el puesto de gominolas. Gominolas, por decir algo, porque yo creo que ahí había vida humana: los trozos de coco, por ejemplo, fueron cortados en el 98... en 1898, justo cuando perdimos Cuba (se los trajeron de allí como recuerdo). Las manzanas de caramelo, muy peligrosas, estaban tan duras que si las usabas como arma arrojadiza podrías abrirle la cabeza a alguien. Y, entre palomitas de colores, palomitas saladas, gusanitos y olor a fritanga, despuntaba una olla metálica, una olla capaz de hacer magia: un palito y ¡hop! a su alrededor se enganchaba la cosa más asquerosa y desagradable posible... ¡una nube de azúcar!. "Está buena, ¿no?" "Sí, sí...", dedos enganchosos, boca enganchosa, y directo a la papelera.
(100 pelas menos...)
"A ver quién se acaba esto"
Anochecía en la feria y las órdenes eran estrictas: "a las 22 en casa". Pues nada, poco a poco la ilusión se había ido desvaneciendo a la misma velocidad que desaparecían las monedas de tu bolsillo... pero, de golpe, un sonido de bocinas te llamaba irrefrenable: tiririri,tiririri,tiririririii (con música de "la cucaracha, la cucharacha, ya no puede caminar")... ¡la tómbola!. Tu última oportunidad, el último cartucho, la redención divina con la mala suerte y la posibilidad de irte a casa como Rey del Mundo si eras capaz de conseguir un premio (aunque fuera la ridícula muñeca chochona): "10 boletos, por favor". No hace falta que os explique la teoría sobre las leyes de la probabilidad, pero creo que os podeís imaginar como iba el tema: 0 de 10.
Desolación, abatimiento, tristeza, 500 pesetas al carajo... y una ganas terribles de volver al día siguiente. ¡Cómo me gustaba la feria!.
P.D. Dedicado a todos aquellos que algun día creyeron en el azar Comentarios (7)Para agregar un comentario, inicia sesión con tu cuenta de Windows Live ID (si utilizas Hotmail, Messenger o Xbox LIVE, ya tienes una cuenta de Windows Live ID). Iniciar sesión ¿No tienes una cuenta de Windows Live ID? Regístrate
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